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La vie, l’excès, l’autobiographie / Sous la direction de Beatrice Barbalato / Vol.20 N.1 2022

Eduardo J. Correa (1874-1964): una autobiografía entre la soberbia y las convicciones católicas

Marcela López Arellano

magma@analisiqualitativa.com

Marcela López Arellano (Aguascalientes, México). Doctora en Ciencias Sociales y Humanidades/ Historia, Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA). Profesora investigadora Departamento de Historia UAA. Sistema Nacional de Investigadores Nivel 1. Seminario Permanente Memoria Ciudadana CIESAS-INAH y Seminario Historia de la Educación UAA-UAZ. Autora de: Anita Brenner. Una escritora judía con México en el corazón, UAA, CDIJUM, 2016, 2017; coord. El Libro de la Muerte. Miradas desde un Museo Universitario, UAA, Gob. Ags, 2017; coord. con Luciano Ramírez, Historia regional, nuevos acercamientos y perspectivas, UAA, 2019; coord. El Centenario del Instituto de Ciencias en Aguascalientes (1867-1967). Su historia y trascendencia en la educación, la cultura y la sociedad (UAA, 2021, en prensa). Ha publicado artículos y capítulos de libros historia de México, de mujeres y cultura escrita. Desde 2005 colabora en TV y Radio sobre historia de mujeres, libros y cultura escrita.

 

Abstract

El abogado, escritor y periodista mexicano Eduardo J. Correa (1874-1964), escribió su autobiografía para su familia cerca de cumplir sus noventa años. En ella refirió su genealogía, su infancia, su educación, sus labores como editor y como abogado. Un eje importante de su vida fue su defensa de la Iglesia Católica ante el anticlericalismo en distintos contextos históricos en México. Primero como estudiante en su ciudad natal, luego durante la Revolución Mexicana (1910-1920), como director de los periódicos católicos El Regional, en Guadalajara, y La Nación, en la Ciudad de México. En distintos momentos de su narración relató sus emociones, expresó la furia, las decisiones viscerales, lo que llamó ‘su soberbia’ en especial cuando sostuvo las convicciones religiosas aprendidas de su padre, al tiempo que rememoró cómo protegió su dignidad ante quienes le representaron amenaza. El presente trabajo analiza, desde la metodología de la cultura escrita y algunos elementos de la historia de las emociones, tres momentos de la autobiografía de Correa en los cuales expresó las emociones que recordó de los eventos, manifestó su firme postura católica y se representó soberbio e inflexible ante las personas, a pesar de las consecuencias que debió afrontar. La revisión de la autobiografía de Correa permite conocer también, la historia de los activistas católicos de finales del siglo XIX y principios del XX en México, así como sus luchas al mantenerse firmes en sus creencias.

 

 

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Bernard Picart (1673 Paris, 1733 Amsterdam),
Sisifo spinge la sua pietra su una montagna, 1731, Collezione privata.

Introducción

 

El escritor, periodista, editor y poeta mexicano Eduardo J. Correa escribió su autobiografía a la que llamó ‘íntima’ cuando tenía casi noventa años. Su familia ha conservado este texto por décadas, tal vez alguno de sus hijos lo mandó imprimir y encuadernar en rústico y en la portada le colocaron el título Autobiografía íntima, así como 1964, año de la muerte de Correa. De acuerdo con su nieto Jaime Correa Lapuente, la intención de su abuelo fue contar su historia a sus descendientes.

 

Correa nació en 1874 en la pequeña ciudad provinciana de Aguascalientes, que en ese entonces contaba con aproximadamente 30,000 habitantes (INEGI: 9). Su niñez y adolescencia transcurrieron en un ambiente de tensión entre los conservadores y los liberales derivado de las diferencias que se habían generado años atrás con la promulgación de la Constitución de 1857 y el rechazo de los obispos católicos, ya que se declaró la enseñanza libre, dejando «fuera el dogma, la moral católica y la disciplina eclesiástica» (García Ugarte M. E.  2012: 367). Tensiones que persistieron con la Guerra de Reforma (1858-1861) y las leyes que expidieron el presidente Benito Juárez y sus colaboradores liberales, como la Ley Juárez que «suprimió los tribunales eclesiásticos y los fueros eclesiásticos y militar» (Ibidem), y la Ley sobre la Libertad Religiosa de 1861, legislaciones que sustentaban la convicción de ser el camino de México a «la modernidad, formar al ciudadano y fortalecer al Estado nacional» (Ibid.: 361).

 

La educación fue un tema controversial con la promulgación de la Ley Orgánica de Instrucción Pública de 1861 que excluyó las materias de «historia sagrada, religión y filosofía moral [así como] asignaturas con temas religiosos» (Arredondo, A. y González, R. 2014: 152). En 1874, el año de nacimiento de Correa, el Congreso de la Unión publicó un decreto que ratificó la separación Iglesia-Estado, se nacionalizaron los templos, se clausuraron las órdenes monásticas y se «prohibió la instrucción y práctica de cualquier culto en todos los establecimientos de la federación» (García Ugarte M. E. 2012: 380).

 

El papel de Correa dentro del activismo católico mexicano es relevante por la enorme presencia e influencia que tuvo la Iglesia en el país las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. El gobierno impulsó una educación laica, pero los católicos, llamados ‘conservadores’, por el contrario lograron «la extensión de la educación religiosa, y el apostolado, la vivaz práctica religiosa popular y la expansión del catolicismo social entre los trabajadores en el espíritu de la Rerum Novarum» (Savarino F. 2012: 385). La fuerza del catolicismo social en México se sintió de manera especial entre 1908 y la Constitución de 1917. Franco Savarino refiere que estas fechas enmarcaron un «proceso de cambio fundamental en la organización del Estado, la sociedad y la cultura nacional, que incluye por supuesto el aspecto religioso, la posición del clero católico y posiblemente la afirmación de un nuevo proyecto nacional (católico)» (Ibid.: 383). Durante esos años el anticlericalismo del Estado mexicano fue radical, reforzó el laicismo, excluyó el catolicismo de la educación y espacios públicos y atacó a la Iglesia Católica con fuerza.

 

Valgan estos antecedentes para situar la complejidad del ambiente en el que creció Correa. Por un lado, su familia con profundas raíces católicas, y por el otro, los liberales, que además detentaban el poder político en el país, promoviendo la educación científica y positivista en busca de lo que consideraban una sociedad moderna y libre de fanatismos.

 

La Autobiografía íntima de Eduardo J. Correa

 

Nuestro personaje tal vez inició la escritura de la memoria de su vida cuando ya tenía más de ochenta años. Dividió su narración en seis apartados: ‘Datos de familia’, ‘Infancia y juventud’, ‘Mis estudios’, ‘Periodismo’, ‘Política’ y ‘Ejercicio Profesional’.

 

Su representación frente a sus lectores es interesante porque expuso los elementos de su historia que él valoró más: su amor por la escritura, su experiencia como editor y periodista desde muy joven hasta los casi cuarenta años, su trabajo como abogado, y como eje transversal su intensa fe católica y la defensa de la Iglesia a través de sus escritos, además de que se mostró como un mexicano con una honradez a toda prueba. Vale señalar que en 2014 su nieto autorizó la publicación de la autobiografía por la Editorial de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (Correa E. J. 2016).

 

La autobiografía de Correa abarca desde las décadas finales del siglo XIX y principios del XX en Aguascalientes, luego su estancia en Guadalajara de 1909 a 1912, y su vida en la Ciudad de México desde 1912 y las dos décadas siguientes. Muestra las luchas entre católicos conservadores (como él), y los liberales a los que se enfrentó. Expone los avatares de las publicaciones católicas que fundó desde muy joven, y de las que luego formó parte en varias ciudades, así como la injerencia de los obispos católicos en algunos de estos medios de comunicación. Incluye la genealogía de su familia, y algunas experiencias en la política y su trabajo como abogado. La narración de su vida llega hasta mediados de 1920, y no se conoce la razón por la cual no continuó su recuento, tal vez por decisión propia o lo sorprendió la muerte cuando la escribía.

 

Es posible pensar que Correa, para estructurar su autobiografía, revisó sus papeles personales para incluir datos precisos de los nacimientos de sus trece hijos, las fechas de los bautizos, las confirmaciones, las muertes de algunos, las primeras comuniones y las bodas. Eventos de los que además, indicó los templos, los padrinos y los sacerdotes que celebraron las ceremonias, con esa línea católica, de convicciones religiosas con la que redactó sus memorias (López Arellano M. 2018).

 

Semblanza

 

Eduardo J. Correa nació en Aguascalientes, al norte de la capital mexicana, en el último cuarto del siglo XIX. Era una ciudad pequeña y el ferrocarril no llegaría hasta 1884 para conectar su destino con el resto del país (Arredondo, A. y González R. 2014:   166). Sus padres fueron Salvador Correa y María Olavarrieta, una familia profundamente católica. Su madre murió cuando él tenía siete años y su padre se hizo cargo de su educación. Como ya se señaló, el contexto político, religioso y social en el que creció fue complejo y, al igual que en el resto del país, las tensiones entre los liberales y los conservadores se sintieron con fuerza en Aguascalientes. La religiosidad de su padre forjó en él un intenso vínculo con la Iglesia y una intensa pasión por defenderla según vemos en su escrito. Como ejemplo, anotó: «Mi padre era muy severo conmigo, cosa que no he dejado de agradecerle a través de mi vida; me hacía ir a misa diariamente y a que la oyera de rodillas y sin distraerme; me obligaba a estudiar mis clases; por la noche volvía a llevarme a la Parroquia a dar gracias» (Correa, E. J. 2016: 71).

 

Llama la atención las palabras con las que describió su educación paterna, la severidad y la obligación para seguir los preceptos católicos, que lo marcó por siempre. Además del catolicismo, Correa abrevó de su padre el amor por las letras, los libros, la escritura y la edición. En casa tenían una pequeña imprenta en la cual él se inició: «Sentí la afición al periodismo desde mis primeros años […]. Mi padre únicamente me tenía prohibido leer algunas hojas protestantes que se recibían y los periódicos reconocidamente anticlericales, como ‘El Combate’ (sic) del Gral. Sóstenes Rocha» (Ibid.:105).

 

Después de las escuelas de primeras letras con maestras católicas y un corto paso por el Seminario Conciliar de Guadalupe, ya que su padre tenía la esperanza de que abrazara el sacerdocio, Correa cuenta que en 1889, a sus quince años, su progenitor lo inscribió en el Instituto de Ciencias en Aguascalientes. Éste era un espacio dirigido por profesores con formación positivista que fomentaron la educación laica. Fue aquí donde el joven Correa experimentó en carne propia la tensión entre liberales y conservadores católicos, como lo veremos más adelante. En 1891, su padre consiguió que lo aceptaran en la carrera de Derecho en la ciudad de Guadalajara, distante doscientos veinte kilómetros de Aguascalientes, en donde recibió su título de abogado en 1894 y, según anotó, con las mejores calificaciones (Ibid.: 102). Luego de graduarse Correa regresó a su ciudad natal, trabajó en el Ministerio de Justicia y el Ministerio Público, y en 1897 contrajo matrimonio con la aguascalentense María Martínez, con la que tuvo trece hijos.

 

En su autobiografía también enumeró la cantidad de publicaciones que fundó en Aguascalientes, como el periódico El Observador que mantuvo por casi una década y la revista literaria La Provincia (López Arellano M. 2019), y narró sus experiencias como director y editor de los periódicos católicos El Regional, en Guadalajara de 1909 a 1912, y La Nación, en la Ciudad de México de 1912 a 1913. Es necesario mencionar que a lo largo de su vida, Correa escribió novelas, poesía, narrativa y colaboró con artículos en distintos periódicos. Su libro sobre el Partido Católico Nacional escrito en 1914 y publicado póstumamente en 1991, se ha convertido en un referente de la historia del catolicismo social en México, además de las biografías que escribió acerca de sacerdotes y obispos mexicanos en las décadas de 1940 y 1950[1]. La escritura fue el eje de todas sus actividades y nunca dejó de hacerlo hasta sus últimos días.

 

Tres momentos narrados en su autobiografía

 

De acuerdo con el investigador John Paul Eakin, los ‘yos’ que mostramos en las autobiografías están construidos doblemente, en el acto de escribir una historia de vida, pero también en un proceso de formación de identidad (Eakin J. P. 1999: IX).

 

El investigador se pregunta ¿quién es el yo que habla en las narraciones del yo? ¿y quién es el yo del que se habla?, y responde: «pienso que hay un sentido legítimo en el cual las autobiografías testifican la experiencia individual del yo, pero ese testimonio es necesariamente mediado por los modelos culturales de identidad disponibles, y los discursos en los cuales estos se expresan» (Ibid.: 4)[2].

 

El modelo de identidad de Correa sin duda fue su padre, un abogado, católico recalcitrante interesado por la imprenta y las publicaciones para difundir la defensa de la Iglesia. Correa siguió sus pasos casi en la totalidad y narró su vida como un ejemplo a seguir por sus hijos y nietos. Esta es una forma de autobiografía a la que han recurrido muchos personajes a lo largo del tiempo, como Glickl, una mujer judía comerciante que en la Alemania del siglo XVII, «cuidadosamente construyó su autobiografía en idish y pasó a sus hijos al morir» (Zemon Davis N. 1995: 6), caso también del presidente de México Benito Juárez en el siglo XIX, que en sus Apuntes para mis hijos de 1866 refirió su vida como un ejemplo de esfuerzo y dedicación para el éxito (Juárez B. 1972).

 

La autobiografía de Correa presenta el tono de enseñanza, de fuerza en las acciones, de las decisiones y la posición firme ante las adversidades, aún cuando éstas significaron perder lo que tenía. Dejó sus emociones en el papel, las cuales, como señalan Cheshire Calhoun y Robert Solomon, no son sólo las realidades psicofisiológicas o refieren a lo psíquico, sino que igualmente «son una forma de estar conscientes en el mundo» (Calhoun y Solomon, Calhoun Ch. y Solomon R.1993: 23). Vemos pues que Correa refirió con intensidad emocional varios acontecimientos en los que él mismo adjudicó a su ‘soberbia’ el haber actuado duramente, y en sus palabras se advierte una clara intención moralizante.

 

El presente trabajo analiza, desde las formulaciones de la metodología de la cultura escrita y algunos elementos de la historia de las emociones, tres momentos específicos en la autobiografía de Correa en los que escribió con detalle cada evento y las emociones que sintió a pesar de haber pasado más de setenta años de los hechos. Específicamente su experiencia en el Instituto de Ciencias, la decepción con su novia Lola, y lo sucedido en el periódico La Nación durante la Revolución mexicana. Esto con el fin de examinar la fuerza de sus convicciones católicas y el orgullo que él mismo refirió, observar cómo narró los momentos en los que asumió posturas de firmeza en sus convicciones, pasajes en los que escribió su ‘soberbia’, defendió sus valores y debió sufrir las consecuencias.

 

El Instituto de Ciencias

 

En el apartado Mis estudios Correa anotó que en 1889, al no tener «vocación para la carrera eclesiástica, con repugnancia mi padre se vio obligado a consentir en que ingresara al Instituto de Ciencias del Estado para que revalidara los estudios hechos en el Seminario y terminara la Preparatoria» (Correa E. J. 2016: 89). Este Instituto fue fundado en 1867 por el coronel liberal, gobernador del estado, Jesús Gómez Portugal, con el objetivo de instruir en la ciencia a los jóvenes varones de la región eliminando toda educación religiosa. Nuestro escritor narró su experiencia en el establecimiento: «Era director el doctor Ignacio N. Marín, sin dotes ni competencia para tal cargo y que llevaba enemistad con mi padre […] no fui el único seminarista que llamó a sus puertas. […]. Llegué a la clase de dibujo, que empezaba a las doce del día […] cuando se presentó colérico el doctor Marín…comenzó a regañarme por alguna diablura de muchachos […] le respondí con buen modo que yo ignoraba de lo que se trataba […] se enfureció y me dijo que era yo un hipócrita, jesuita, que desde mi llegada al Instituto la disciplina se había relajado, y que ni siquiera era hombre para sostener lo que hacía» (Ibid.: 90).

 

No es de extrañar la enemistad del padre de Correa con el director Ignacio Marín pues muchos de los profesores del Instituto habían estudiado en las escuelas profesionales en la capital mexicana o en la Escuela Nacional Preparatoria con el Dr. Gabino Barreda, precursor del positivismo en el país[3]. Claramente el ambiente era contrario a los estudiantes católicos, y que se les señalara, como en este caso de ‘jesuitas’ o cualquier otro epíteto religioso, debió ser común. La respuesta de Correa, según su narración, fue el resultado de varios ataques anteriores por ser conservador. Apuntó: «Me sublevé con esto y le dije que yo no mentía ni me faltaba el valor para responder de mis actos [] que lo único cierto era que él procedía por pasión y con ligereza, lo que demostraba su ineptitud para el cargo que desempeñaba» (Ibid.: 90-91).

 

Vemos así que al evocar sus memorias del Instituto refirió a sus lectores su férrea defensa al sentirse atacado en lo religioso y en su dignidad. Detalló su iracunda respuesta al director y su soberbia al calificarlo de ‘inepto’. Él, como estudiante, quebrantó el respeto que debía a la figura de autoridad, perdió los estribos y reaccionó sin prudencia. Lo interesante es que lo puso por escrito más de setenta años después como si volviera a sentir las emociones del momento, la furia y la indignación. Este evento tuvo consecuencias muy graves para Correa pues el director del Instituto le pidió a su padre que se lo llevara a otra escuela, y debieron ir a Guadalajara en donde ingresó en la Facultad de Jurisprudencia.

 

La historiadora Natalie Zemon Davis apunta que en muchas autobiografías los descubrimientos espirituales surgen en la contención interior alrededor de la cual transcurren sus vidas (Zeon Davis N. 1995: 7). En  el caso de personas creyentes señala que su religión las influenció enormemente, la imagen y la identidad de su grupo religioso, sus argumentos morales, sus reflexiones y su diálogo interior (Ibid.: 205). La autobiografía de Correa expone las convicciones religiosas que sostuvo a lo largo de su vida, además de que muestra un patrón de escritura similar a muchas autobiografías cristianas que, según indica Zemon Davis, tuvieron un «marco de interés familiar, refiriendo algo de las generaciones pasadas y reflexionando sobre el presente para que los niños supieran de donde venían y fueran guiados en la vida» (Ibid.: 20).

 

Lola

 

El siguiente episodio tiene que ver con su vida sentimental juvenil. En el apartado «Infancia y juventud» Correa relató que en 1894, con veinte años, ya titulado como abogado y de regreso en Aguascalientes, decidió cortejar a una joven. Anotó, «la primera persona que vi al salir de mi casa al otro día de mi regreso al terruño, fue a Lola, más mujer y más hermosa [y estaba] a cada instante más enloquecido con Lola» (Correa E. J. 2016: 77). Dicha relación no tuvo el beneplácito del padre de ella, y refirió que el señor, «con mucha sorna me dijo: - No sé por qué se expresa usted así, licenciadito; ese es el negocio de los jóvenes ahora, casarse con una rica y botarle la fortuna» (Ibid.: 78). Correa revivió el disgusto: «Sentí que me hervía la sangre y mi primer impulso fue contestarle en forma violenta; me reprimí y me limité a decirle: -Perdóneme usted que no le conteste en los términos que debo hacerlo ante su gratuita ofensa. […]. Vi a Lola […] le conté lo que me había acontecido con su padre y le notifiqué que en ese momento daba por terminado nuestro noviazgo-. Inútilmente quiso calmarme, me rogó con lágrimas […] que me apiadara de su pena, que disculpara a su padre…[…]. La soberbia me neutralizó un poco el dolor de la ruptura. Esa noche […] la encontré llorosa, suplicante, asegurándome que su padre […] estaba arrepentido. […]. Me mantuve firme en mi resolución, aunque el corazón protestaba» (Ibid.: 78).

 

Narró que el susodicho le envió una nota de disculpa al ver a su hija tan desesperada, pero Correa se mantuvo incólume: «Tuve breves momentos de vacilación [pero] logré que la razón y la dignidad se impusieran [y] decliné los ofrecimientos» (Ibid.: 79).

 

Nuevamente la soberbia se impuso y al escribirlo parece haber experimentado las mismas emociones que al vivirlo. Georges Gusdorf señala que la intención consustancial a la autobiografía es el conocimiento de uno mismo, «situar lo que yo soy, en la perspectiva de lo que he sido» (Gusdorf G. 1991: 9). Nuestro autor tenía casi noventa años cuando lo escribió y reconoció que fue él quien no aceptó la disculpa, fue, como lo apunta Gusdorf, «una segunda lectura de la experiencia, y más verdadera que la primera, puesto es toma de conciencia […]. La memoria […] concede perspectiva […] en tiempo y en el espacio» (Ibid.: 9). Llama la atención que escribió la palabra ‘soberbia’ varias veces. Su escritura muestra emociones, juicios morales y lecciones de vida, no perdió de vista a sus lectores, enseñarles a defender su dignidad incluso a costa del amor de su vida. Y como epílogo a este suceso, vale señalar que, a pesar de haberse casado con María Martínez, madre y abuela de sus descendientes con la que vivió un matrimonio de más de sesenta años, lamentó haber perdido la oportunidad del amor de Lola.

 

Director de La Nación 1912-1913,durante la Revolución mexicana

 

En el apartado ‘Periodismo’ Correa escribió sus experiencias y sinsabores como editor, director y periodista. Al narrar su trabajo en La Nación, nuevamente la soberbia y la defensa de la religión modelaron sus recuerdos, ahora entreverados con la historia del periodismo, de la Iglesia Católica y la Revolución mexicana (1910-1920).

 

Como antecedente señalar que en 1911 el presidente de México, el general Porfirio Díaz, renunció al poder después de las luchas revolucionarias iniciadas en noviembre de 1910, quedando como presidente Francisco I. Madero, quien en agosto de 1911 saludó la aparición del Partido Católico Nacional (PCN). Esta organización surgió en todo el país con grupos de apoyo y con las diócesis católicas, y para 1912 ya eran 580 centros (Martínez Assad C. 2019: 79). En junio de 1912 el PCN fundó su periódico La Nación en la Ciudad de México, y los obispos invitaron a Eduardo J. Correa a dirigirlo por el éxito que había tenido al frente del periódico católico El Regional, en Guadalajara, en los años anteriores. Correa debió mudarse a la capital mexicana con su familia, y comenzó su trabajo en el nuevo órgano de difusión con mucha ilusión. Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba: «Si al principio mis labores en “La Nación” (sic) fueron bien recibidas por los directores del Partido Católico, no tardé mucho tiempo sin tropezar con dificultades y hallar hostilidad […] a medida que se fue enrareciendo el ambiente contra Madero, mi posición se fue haciendo más violenta. […].  Pude mantener en el periódico la actitud de independencia que en mi concepto procedía, negándome a secundar los preparativos que se hacían para el Cuartelazo» (Correa E. J. 2016: 116).

 

A principios de 1913, el Partido Católico Nacional ya estaba dividido entre los que apoyaban al presidente Madero y los que no. ‘El Cuartelazo’ que menciona Correa es como se conoce a la traición del general Victoriano Huerta, Comandante General de las Fuerzas Armadas de México, contra Madero, al mandar apresar al presidente y al vicepresidente, José María Pino Suárez, y asesinarlos el 22 de febrero de 1913 (Ulloa B. 1988: 1105). Después de esto, Huerta hizo que lo nombraran Presidente de la República lo cual no fue reconocido por Estados Unidos. Correa rememoró: «Sobrevino el periodo en que Huerta, despechado por no haber obtenido el reconocimiento de los Estados Unidos se dedicó a excitar el sentimiento antiyanqui  […]. Quisieron que “La Nación” (sic) secundara dicha campaña; principié a escribir algunos artículos sobre el tema y en uno de ellos dije que todas las aguas del Jordán no podrían borrar el pecado de origen del huertismo. Equivalió a firmar mi sentencia de muerte, pues primero se llevó al periódico […] y a las pocas semanas, sin previo aviso, ni indemnización alguna, se me separó de la dirección, y conmigo a todos los elementos que yo había llevado» (Correa E. J. 2016: 117-118).

 

Una vez más, mantuvo su postura firme frente a lo que él creía correcto. No secundó las exigencias de Huerta al periódico, ni las órdenes de los directores del PCN. Decidió denunciar a Huerta publicando editoriales, además con un lenguaje por demás religioso, la alusión bíblica a ‘las aguas del Jordán’ y al ‘pecado de origen’ en una ironía muy clara de su postura frente a lo sucedido. Refirió: «Así, al contrario de lo acaecido en Guadalajara, donde conseguí triunfar, fracasé en Méjico[4] […]. De nadie, ni de parientes, ni de amigos, excepción hecha del R. P. don Pascual Díaz, S. J., de don Blas Ruiz […] y de mi primo Manuel Olavarrieta […] tuve una frase de aliento siquiera» (Ibid.: 118).

 

Expuso que se quedó sin relación con los periódicos, se le persiguió políticamente y decidió dedicarse a la abogacía. Evocar sus memorias al escribir debió encender nuevamente su indignación, tantos años después surgió la rabia y el enojo de lo acontecido. Según relató, su soberbia le llevó a denunciar al entonces presidente del país sin pensar en las graves consecuencias que podía tener. Poco después de estos eventos escribió su libro El Partido Católico Nacional, pero no pudo publicarlo en vida por tratarse precisamente, de una denuncia de lo que él había vivido en el interior del mismo.

 

¿Puede decirse que las emociones que escribió Correa fueron excesivas? William Reddy en su libro The Navigation of Feeling señala que «navegar el mar del pensamiento activo supone agencia, hacer posible la aceptación de interpretaciones del mundo y los objetivos que lo envuelven» (Reddy W. M. 2006: 320). Para ello Reddy propuso el término “emotives” como herramienta de análisis de las emociones, cuyos efectos son impredecibles, señala que «las emociones están sujetas a juicios normativos y aquellos que logran ideales emocionales son admirados y vistos con autoridad. Lo que confirma la teoría de los ‘emotives’» (Ibid.: 322-323). Así, puede decirse que Correa expresó las emociones aprendidas en su espacio y tiempo, las escribió como parte de la justificación de las decisiones en su vida, a pesar de los resultados negativos que obtuvo con ello.

 

Conclusiones

 

¿Qué muestran estas tres experiencias de la vida de Eduardo J. Correa? Desde las formulaciones de la cultura escrita, Antonio Castillo señala que las autobiografías son documentos en los que quien escribe, hace memoria y registra sus experiencias personales y los eventos vividos, por ello debe reconocerse en la escritura «su dimensión práctica, social, cotidiana, e incluso ordinaria» (Castillo Gómez A. 2007: 12-13). La cultura escrita nos permite reconocer los modos comunicativos, el lenguaje, los contextos sociales y culturales del autor, nos aporta conocimiento de la época, la vida cotidiana y las relaciones entre las personas. Eakin indica que, aunque la autobiografía promueve la ilusión de la propia determinación, la crítica a la autobiografía señala que el ‘yo’ está definido por sus relaciones con otros, por lo cual «toda identidad es relacional» (Eakin J. P. 1999: 43-44), como lo muestra Correa al escribir para su familia y por ende a sus correligionarios.

 

Por otro lado, al observar las emociones con las que Correa escribió su vida vemos que expresó sus sentimientos a través de códigos de valores comunes en su tiempo, en concordancia con sus creencias y convicciones. La historiadora Barbara Rosenwein apunta que «existe una aptitud humana biológica y universal para sentir y expresar lo que ahora llamamos ‘emociones’. Pero cuáles son esas emociones, cómo se llaman, cómo se evalúan y sienten, y cómo se expresan (o no) todo esto está conformado por ‘comunidades emocionales’» (Rosenwein B. 2016: 3). Estas últimas son grupos que comparten sus propios valores, modos de sentir y modos de expresar esos sentimientos, y conllevan normas que conciernen a las emociones que ellos valoran o rechazan. Apunta que en las fuentes escritas las emociones quedan en oraciones construidas que constituyen ‘las herencias emocionales’ (Ibid.: 9) a las cuales se adaptan las comunidades emocionales, como se aprecia en el texto autobiográfico en cuestión.

 

Finalmente añadir que la autobiografía de Correa se constituye en un documento histórico invaluable para estudios desde distintas áreas, una herencia cultural para el país que permite conocer las luchas de grupos católicos que en su momento fueron excluidos del discurso político general, como fue el proceso de reconstrucción nacional de México después de la Revolución. Recupera la memoria de la participación política de quienes defendieron sus convicciones, a pesar de las consecuencias.

 

Bibliografía

 

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Notes

 

[1] Eduardo J. Correa, El Partido Católico Nacional y sus directores. Explicación de su fracaso y deslinde de responsabilidades. México: FCE, 1991; Pascual Díaz, el arzobispo mártir, México: Talleres Gráficos de Ediciones Minerva, 1945; Monseñor Rafael Guízar y Valencia, el obispo santo, México: Librería de Manuel Porrúa, 1951; Monseñor de la Mora y José de la Luz López, México: Librería de Manuel Porrúa, 1952.

[2] Las traducciones del inglés al español son mías.

[3] Gabino Barreda (1818-1881), médico, filósofo y político mexicano, introdujo el método científico en la enseñanza elemental, y fue el primer director Escuela Nacional Preparatoria.

[4] Escribir Méjico con j, fue una forma política de defender la postura conservadora desde el siglo XIX. Eduardo J. Correa siempre escribió Méjico.

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